Por: Juan Paredes Castro
La Universidad Alas Peruanas (UAP) puede quedarse, de la noche a la mañana, sin fiscalizadores, juzgadores ni críticos.
Su red de contactos, favores e influencias llega tan lejos, que los cuestionamientos acumulados contra ella podrían terminar, en el mejor de los casos, disueltos y, en el peor, convertidos, por rebote, en demandas a sus acusadores.
Para comenzar, el Consejo Nacional de la Magistratura, que debe resolver el caso de dos magistrados supremos a los que Alas Peruanas comprometió con un viaje a París, está a punto de quedar sin quórum. Tres de sus miembros se inhibieron por sus vínculos con esa organización. Si uno más se inhibe, pobre CNM.
Pasa lo mismo con el Congreso, donde el plenario se niega a concederle facultades a la Comisión de Educación para investigar a UAP. No se olvide que se han gestionado y aprobado leyes casi con nombre propio. Es más: congresistas apristas como Édgar Núñez, Wilder Calderón e Hilda Guevara le hacen un flaco favor a su partido, contribuyendo a aplazar las indagaciones y dejando demasiadas dudas sobre el conflicto de intereses que los involucra.
La administración de Palacio de Gobierno tampoco se salvó. Cedió por un momento al poder de oferta de servicios académicos de UAP. Luego, ya sea porque no hubo quién se matriculase o porque el escándalo ya había tomado vuelo, el convenio suscrito fue resuelto. Es bueno saber que no se ha encontrado algún conflicto de interés en esta relación institucional. Quizás las recientes críticas de Alan García contra Alas Peruanas tengan que ver con el riesgo que venía corriendo el despacho presidencial con una sociedad que no valía la pena conservar.
Falta que el Poder Judicial acabe favoreciendo los procesos que enfrenta UAP en esa jurisdicción. Hasta donde se sabe, sus vínculos con jueces y secretarios habrían penetrado tanto que no se descarta el paseo orondo de su impunidad por tribunales civiles y penales
La Universidad Alas Peruanas (UAP) puede quedarse, de la noche a la mañana, sin fiscalizadores, juzgadores ni críticos.
Su red de contactos, favores e influencias llega tan lejos, que los cuestionamientos acumulados contra ella podrían terminar, en el mejor de los casos, disueltos y, en el peor, convertidos, por rebote, en demandas a sus acusadores.
Para comenzar, el Consejo Nacional de la Magistratura, que debe resolver el caso de dos magistrados supremos a los que Alas Peruanas comprometió con un viaje a París, está a punto de quedar sin quórum. Tres de sus miembros se inhibieron por sus vínculos con esa organización. Si uno más se inhibe, pobre CNM.
Pasa lo mismo con el Congreso, donde el plenario se niega a concederle facultades a la Comisión de Educación para investigar a UAP. No se olvide que se han gestionado y aprobado leyes casi con nombre propio. Es más: congresistas apristas como Édgar Núñez, Wilder Calderón e Hilda Guevara le hacen un flaco favor a su partido, contribuyendo a aplazar las indagaciones y dejando demasiadas dudas sobre el conflicto de intereses que los involucra.
La administración de Palacio de Gobierno tampoco se salvó. Cedió por un momento al poder de oferta de servicios académicos de UAP. Luego, ya sea porque no hubo quién se matriculase o porque el escándalo ya había tomado vuelo, el convenio suscrito fue resuelto. Es bueno saber que no se ha encontrado algún conflicto de interés en esta relación institucional. Quizás las recientes críticas de Alan García contra Alas Peruanas tengan que ver con el riesgo que venía corriendo el despacho presidencial con una sociedad que no valía la pena conservar.
Falta que el Poder Judicial acabe favoreciendo los procesos que enfrenta UAP en esa jurisdicción. Hasta donde se sabe, sus vínculos con jueces y secretarios habrían penetrado tanto que no se descarta el paseo orondo de su impunidad por tribunales civiles y penales

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