Por: Walter Alarcón GlasinovichInvestigador y consultor
walteralarcon@infonegocio.net.pe
(Lima. Noticias de la OIT) Según la estadística del Proyecto Especial de Titulación de Tierras y Catastro Rural, hacia el año 2005 se registraron 5.828 comunidades campesinas ubicadas fundamentalmente en los Andes del Perú[1]
Más de la mitad de la superficie agropecuaria del Perú está ubicada en estas comunidades. Allí habitan más de tres millones de peruanos; casi la mitad de ellos, menores de edad.
Las reflexiones de este breve artículo se basan en una investigación realizada en seis comunidades campesinas ubicadas entre unos 3.700 y 4.000 m.s.n.m. en el departamento de Huancavelica, cuya tasa de pobreza es del 82%, la mayor en todo el Perú[2]
La infancia en estos contextos tiene un perfil radicalmente distinto a la infancia urbana. A diferencia de la familia en la sociedad moderna, en estas comunidades niños, niñas, adolescentes, adultos y hasta ancianos trabajan. En un marco de escaso desarrollo tecnológico, tierras cultivables insuficientes, inaccesibilidad al crédito, baja productividad y pobreza generalizada, la fuerza de trabajo familiar es el principal recurso para procurar la subsistencia.
Las relaciones de parentesco son fundamentales porque, ante la imposibilidad de contratar peones, se acude no solamente a la familia nuclear, sino a redes de parentesco más amplias desde las cuales –a través del ayni[3]- se proveen de la mano de obra necesaria.
En el trabajo los padres les van transmitiendo a sus hijos e hijas conocimientos que ellos mismos recibieron cuando eran pequeños. Las actividades son diversas: traer leña para el fogón, lavar ropa en el río o manantial más cercano, dar de comer a los animales pequeños en el corral, preparar comida, llevar a sus animales a pastar, realizar múltiples tareas en la chacra: quitar la mala hierba y piedras, echar semilla, ayudar en la cosecha, cargar los productos, etc.
En estos contextos, aún las labores productivas que hacen los chicos, no son asumidas como trabajo, ni para padres ni para hijos. El término "trabajo" se asocia a remuneración, a vender la mano de obra para otro.
“A partir de los 5 años ya deben traer cualquier cosita, traer leña, agua, esas cosas. Lo que puedan, no más. A los 6 ó 7 años, van a la chacra, y a los animales también llevan a pastar. A los 8 ya empiezan las mujercitas a cocinar. Mi hijita de 3 años ya le da comida a la gallina; aquí siempre se hace algo…” Romualda, 35 años, Chuñunapampa
Los padres intentan que estas actividades se realicen en función de la capacidad física del niño o niña y en función de la edad. De algún modo se busca protegerlos. Sin embargo, cumplir algunas de dichas actividades puede llegar a ser fuerte para niños y niñas. A veces hay cortes o golpes, tienen que seguir pastando aunque la lluvia sea interminable y en períodos de mayor demanda de mano de obra abandonan temporalmente la escuela.
Al llegar a los 14 ó 15 años, tanto varones como mujeres han desarrollado habilidades suficientes para reemplazar a sus padres. De este modo, pasado el tiempo de cosecha y siembra, los adultos, fundamentalmente los hombres, migran estacionalmente a buscar un trabajo que mejore sus ingresos.
Aunque en contextos de economías campesinas parcialmente de auto-subsistencia, es inconcebible no trabajar (y la cultura hegemónica refuerza el trabajo como un valor sustantivo), lentamente se va procesando una división del trabajo familiar donde las niñas, al llegar a la adolescencia, hacen del trabajo doméstico su principal actividad, lo cual no las exime de seguir colaborando en el ámbito productivo.
Como dejábamos anotado líneas arriba, existe un conflicto entre trabajar y asistir a la escuela. Sin embargo, el problema es de ambos lados. La escuela rural es deficiente: infraestructura algunas veces dañada –aunque el colegio sea relativamente nuevo-, en los caseríos más alejados simplemente no hay escuela; profesores que, a pesar de excepciones notables, no se muestran motivados; programa de estudios que poco o nada tiene que ver con la realidad y necesidades circundantes; técnicas de enseñanza totalmente tradicionales, ausencia del Estado. Como resultado: una educación no amigable ni atractiva.
Es decir, no solamente el trabajo quita tiempo para estudiar. Tampoco la educación rural llena las expectativas de los padres campesinos y de sus hijos.
Especialmente al llegar a secundaria se comienza a privilegiar la asistencia escolar de los hijos varones más que las mujeres. Solo como nota al margen, recordaremos que en 2007 la población rural masculina de entre 12 y 16 años matriculada en la escuela fue del 86%, mientras que la femenina del mismo tramo de edad fue del 82%, siendo éste el año más equitativo en comparación con precedentes[4].
No precisamente en las comunidades campesinas de Huancavelica, sino años atrás en una comunidad ubicada en las alturas del Cuzco un campesino hizo uno de aquellos comentarios que uno jamás olvida: “¿Y para qué mi hija va a seguir estudiando en secundaria si después de tanto esfuerzo otro viene y se la lleva? [5]
Es importante enfatizar la situación de las niñas para evitar su invisibilización y olvido. Existen matices no siempre evidentes, no siempre marcados, pero los hay. Esto es indudable.
Si las políticas sobre trabajo infantil en comunidades campesinas del Ande o comunidades Amazónicas pretenden ser eficaces, es necesario que se sustenten en información empírica y en el intento de escuchar y, principalmente, comprender perspectivas culturales distintas a la racionalidad occidental, que está en la base de nuestras normas.
Todos queremos un mundo sin trabajo infantil. Un mundo donde los niños y niñas puedan ejercer sus derechos de bienestar y felicidad. ¿Quién puede no querer la felicidad de sus hijos? Eso lo quieren los indígenas de nuestras comunidades tradicionales y también nosotros, los criollos que de algún modo tenemos el poder y determinamos las leyes. Sin embargo, necesitamos ser tolerantes. Escuchar. Aprender del otro. Ser humildes. Admitir la riqueza de la diferencia y la legitimidad de otros modos de ver y entender el mundo.
Es perentorio no perder contacto con la realidad de los niños en un país multicultural como el Perú, porque este país real y complejo no es aquel de las normas. Es bastante más rico. Finalmente, nunca hay que olvidar que la mayor cantidad de niños y niñas que trabajan en el Perú lo hacen, precisamente, en entornos rurales tradicionales. ¡Y tan poco conocemos de esto!
----------------------------[1]Burneo de la Rocha, Z. (2008) La propiedad colectiva de la tierra y las comunidades campesinas del Perú. CEPES. Lima.
[2]INEI (2008) Alarcón, W. Trabajo Infantil en los Andes. Niños y niñas que trabajan en comunidades campesinas de Huancavelica. Proyecto Solidario. Madrid.
[3]El ayni era un sistema de trabajo de reciprocidad familiar entre los miembros del ayllu, destinado a trabajos agrícolas y a las construcciones de casas. Consistía en la ayuda de trabajos que hacía un grupo de personas a miembros de una familia, con la condición de que ésta correspondiera de igual forma cuando ellos la necesitaran, como dicen: "hoy por ti, mañana por mí" y en retribución se servían comidas y bebidas durante los días que se realizaba el trabajo. Esta tradición continúa tanto en muchas comunidades campesinas como en la población mestiza de Ecuador, Bolivia y Perú, ayudándose en las labores de cocina, pastoreo y construcción de viviendas. En las zonas de lengua kychwa del norte de Perú y Ecuador el vocablo AYNI es traducido por MINKA o MINGA respectivamente Tomado de: http://es.wikipedia.org/wiki/Ayni
[4]MINEDU (2008) Indicadores de la Educación en el Perú 1998-2007. Unidad de Estadística Educativa. Lima.
[5] Alarcón W. (2001) Trabajar y Estudiar en los Andes. Aproximación al trabajo infantil en comunidades rurales de Cuzco y Cajamarca. UNICEF. Lima
(Lima. Noticias de la OIT) Según la estadística del Proyecto Especial de Titulación de Tierras y Catastro Rural, hacia el año 2005 se registraron 5.828 comunidades campesinas ubicadas fundamentalmente en los Andes del Perú[1]
Más de la mitad de la superficie agropecuaria del Perú está ubicada en estas comunidades. Allí habitan más de tres millones de peruanos; casi la mitad de ellos, menores de edad.
Las reflexiones de este breve artículo se basan en una investigación realizada en seis comunidades campesinas ubicadas entre unos 3.700 y 4.000 m.s.n.m. en el departamento de Huancavelica, cuya tasa de pobreza es del 82%, la mayor en todo el Perú[2]
La infancia en estos contextos tiene un perfil radicalmente distinto a la infancia urbana. A diferencia de la familia en la sociedad moderna, en estas comunidades niños, niñas, adolescentes, adultos y hasta ancianos trabajan. En un marco de escaso desarrollo tecnológico, tierras cultivables insuficientes, inaccesibilidad al crédito, baja productividad y pobreza generalizada, la fuerza de trabajo familiar es el principal recurso para procurar la subsistencia.
Las relaciones de parentesco son fundamentales porque, ante la imposibilidad de contratar peones, se acude no solamente a la familia nuclear, sino a redes de parentesco más amplias desde las cuales –a través del ayni[3]- se proveen de la mano de obra necesaria.
En el trabajo los padres les van transmitiendo a sus hijos e hijas conocimientos que ellos mismos recibieron cuando eran pequeños. Las actividades son diversas: traer leña para el fogón, lavar ropa en el río o manantial más cercano, dar de comer a los animales pequeños en el corral, preparar comida, llevar a sus animales a pastar, realizar múltiples tareas en la chacra: quitar la mala hierba y piedras, echar semilla, ayudar en la cosecha, cargar los productos, etc.
En estos contextos, aún las labores productivas que hacen los chicos, no son asumidas como trabajo, ni para padres ni para hijos. El término "trabajo" se asocia a remuneración, a vender la mano de obra para otro.
“A partir de los 5 años ya deben traer cualquier cosita, traer leña, agua, esas cosas. Lo que puedan, no más. A los 6 ó 7 años, van a la chacra, y a los animales también llevan a pastar. A los 8 ya empiezan las mujercitas a cocinar. Mi hijita de 3 años ya le da comida a la gallina; aquí siempre se hace algo…” Romualda, 35 años, Chuñunapampa
Los padres intentan que estas actividades se realicen en función de la capacidad física del niño o niña y en función de la edad. De algún modo se busca protegerlos. Sin embargo, cumplir algunas de dichas actividades puede llegar a ser fuerte para niños y niñas. A veces hay cortes o golpes, tienen que seguir pastando aunque la lluvia sea interminable y en períodos de mayor demanda de mano de obra abandonan temporalmente la escuela.
Al llegar a los 14 ó 15 años, tanto varones como mujeres han desarrollado habilidades suficientes para reemplazar a sus padres. De este modo, pasado el tiempo de cosecha y siembra, los adultos, fundamentalmente los hombres, migran estacionalmente a buscar un trabajo que mejore sus ingresos.
Aunque en contextos de economías campesinas parcialmente de auto-subsistencia, es inconcebible no trabajar (y la cultura hegemónica refuerza el trabajo como un valor sustantivo), lentamente se va procesando una división del trabajo familiar donde las niñas, al llegar a la adolescencia, hacen del trabajo doméstico su principal actividad, lo cual no las exime de seguir colaborando en el ámbito productivo.
Como dejábamos anotado líneas arriba, existe un conflicto entre trabajar y asistir a la escuela. Sin embargo, el problema es de ambos lados. La escuela rural es deficiente: infraestructura algunas veces dañada –aunque el colegio sea relativamente nuevo-, en los caseríos más alejados simplemente no hay escuela; profesores que, a pesar de excepciones notables, no se muestran motivados; programa de estudios que poco o nada tiene que ver con la realidad y necesidades circundantes; técnicas de enseñanza totalmente tradicionales, ausencia del Estado. Como resultado: una educación no amigable ni atractiva.
Es decir, no solamente el trabajo quita tiempo para estudiar. Tampoco la educación rural llena las expectativas de los padres campesinos y de sus hijos.
Especialmente al llegar a secundaria se comienza a privilegiar la asistencia escolar de los hijos varones más que las mujeres. Solo como nota al margen, recordaremos que en 2007 la población rural masculina de entre 12 y 16 años matriculada en la escuela fue del 86%, mientras que la femenina del mismo tramo de edad fue del 82%, siendo éste el año más equitativo en comparación con precedentes[4].
No precisamente en las comunidades campesinas de Huancavelica, sino años atrás en una comunidad ubicada en las alturas del Cuzco un campesino hizo uno de aquellos comentarios que uno jamás olvida: “¿Y para qué mi hija va a seguir estudiando en secundaria si después de tanto esfuerzo otro viene y se la lleva? [5]
Es importante enfatizar la situación de las niñas para evitar su invisibilización y olvido. Existen matices no siempre evidentes, no siempre marcados, pero los hay. Esto es indudable.
Si las políticas sobre trabajo infantil en comunidades campesinas del Ande o comunidades Amazónicas pretenden ser eficaces, es necesario que se sustenten en información empírica y en el intento de escuchar y, principalmente, comprender perspectivas culturales distintas a la racionalidad occidental, que está en la base de nuestras normas.
Todos queremos un mundo sin trabajo infantil. Un mundo donde los niños y niñas puedan ejercer sus derechos de bienestar y felicidad. ¿Quién puede no querer la felicidad de sus hijos? Eso lo quieren los indígenas de nuestras comunidades tradicionales y también nosotros, los criollos que de algún modo tenemos el poder y determinamos las leyes. Sin embargo, necesitamos ser tolerantes. Escuchar. Aprender del otro. Ser humildes. Admitir la riqueza de la diferencia y la legitimidad de otros modos de ver y entender el mundo.
Es perentorio no perder contacto con la realidad de los niños en un país multicultural como el Perú, porque este país real y complejo no es aquel de las normas. Es bastante más rico. Finalmente, nunca hay que olvidar que la mayor cantidad de niños y niñas que trabajan en el Perú lo hacen, precisamente, en entornos rurales tradicionales. ¡Y tan poco conocemos de esto!
----------------------------[1]Burneo de la Rocha, Z. (2008) La propiedad colectiva de la tierra y las comunidades campesinas del Perú. CEPES. Lima.
[2]INEI (2008) Alarcón, W. Trabajo Infantil en los Andes. Niños y niñas que trabajan en comunidades campesinas de Huancavelica. Proyecto Solidario. Madrid.
[3]El ayni era un sistema de trabajo de reciprocidad familiar entre los miembros del ayllu, destinado a trabajos agrícolas y a las construcciones de casas. Consistía en la ayuda de trabajos que hacía un grupo de personas a miembros de una familia, con la condición de que ésta correspondiera de igual forma cuando ellos la necesitaran, como dicen: "hoy por ti, mañana por mí" y en retribución se servían comidas y bebidas durante los días que se realizaba el trabajo. Esta tradición continúa tanto en muchas comunidades campesinas como en la población mestiza de Ecuador, Bolivia y Perú, ayudándose en las labores de cocina, pastoreo y construcción de viviendas. En las zonas de lengua kychwa del norte de Perú y Ecuador el vocablo AYNI es traducido por MINKA o MINGA respectivamente Tomado de: http://es.wikipedia.org/wiki/Ayni
[4]MINEDU (2008) Indicadores de la Educación en el Perú 1998-2007. Unidad de Estadística Educativa. Lima.
[5] Alarcón W. (2001) Trabajar y Estudiar en los Andes. Aproximación al trabajo infantil en comunidades rurales de Cuzco y Cajamarca. UNICEF. Lima

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